Hombre al Agua

A lo mejor salí a volar sin dirección hacia ningún lado, como una balsa que sale al mar y la corriente se la lleva. Aunque creí saber a donde iba, el rumbo se marcó con el pasar del tiempo, y sin pensar, me perdí en el medio del camino. No pensaba que fuera fácil recorrerlo pero tampoco me explicaron como alcanzar lo que quería. Cuando me ahogaba en el medio de la nada, el agua me arrojó a una nueva costa y terminé embarcando sin destino hacia ningún lado para olvidarme de todo.

Tal vez mi alrededor se complementó mientras me alejaba, y cuando volví a buscarlo ya no estaba. Las olas me movían y de a poco me decían palabras, que con el viento susurraban algún intento vano de felicidad falsa. Creía que era hora de llegar a destino, porque sin nada que perder valía la pena intentar de nuevo. Y pude ver el faro que me iluminaba mostrándome mi puerto soñado. Llené de ilusión mis ojos y me preparé para aterrizar. Pero la luz se apagó y la tormenta me arrastró lentamente hasta el fondo del océano, tapando con humo mi boca y con agua mis pupilas.

Ya no pensaba en un nuevo porvenir y me pregunté que razón de esperanza podía haber dentro de esta sabia injusticia divina. Disfrutando del mayor paraíso marino viví el consciente infierno de la incoherente existencia. En ese momento una tibia corriente ofreció llevarme, y acepté, sin imaginarme que terminaría nuevamente en la superficie.

Quizás era hora de seguir mi viaje hacia algún lado, pero preferí cerrar mis ojos y dejarme ir. La marea me depositó en la playa y los días se hicieron magia. Un tiempo de ensueño conjugó su clima con la partición de humor perfecta, dando al paisaje su reloj en episodios de arena. Un lugar perdido en la inmensidad del planeta donde todas las “grietas” se cerraron y donde se caminan todas las “piedras”. Un momento demasiado real para soñarlo y muy irreal para describirlo. Donde la desilusión se convirtió en sonrisa, por primera vez en esta travesía.

Cuando la lluvia empezó a mostrarme el final de este refugio sin espacio temporal, un ser ancló en la orilla. Era una estrella convertida en sirena que había bajado para brillar entre los miles de caracoles que me rodeaban. Ella se recostó en la playa y yo me acerqué a contemplarla. De pronto el Sol se mimetizó en sus ojos y su pelo se hizo algas doradas. Una burbuja me cubrió, encerrándola a ella, junto con el arroyo que fluía más que nunca, y con la playa que, en forma de espejo, mostraba mi sonrisa. Y me dormí con la mano de la estrella de mar que me miraba y reía.

Y así pasaron los meses derrochando expectativas y mal gastando planes, hasta que desperté. Ya había amanecido y mis ojos estaban abiertos, pero el arroyo se estaba secando, la burbuja había explotado, la playa ya no era playa y la sirena desaparecía poco a poco en el horizonte. Quise seguirla pero fui muy despacio para alcanzarla y se perdió como un triste suspiro. Solo el agua y un cielo gris a mi alrededor, me obligaban a la difícil idea de volver a nadar sin motivo.

Las olas se alzaron de la nada, y heladas, me golpeaban. Nuevas formas de esperanza crecían y se desmoronaban. Y así me absorbió el cauce de algún río que por ahí pasaba. Y ya no nado porque no vale la pena. Ya no pienso porque me ahogaría con tantas palabras hirviendo mis recuerdos de experiencia. Solo voy hacía ningún lado, esperando una desembocadura, para mejor o para peor. Todo empieza y termina aunque no quiera ser, y no hay opción para tomar, todo finaliza igual, y te arrastra al mismo principio. Es solo flotar sin razón y sin motivo, perdiendo la esperanza de que algo vaya a pasar.

– “Amaneció, abre los ojos. Me iré con esas olas, no estés preocupada. Todos gritarán, hombre al agua.” –

domingo, veintiséis de mayo de 2002